sábado, 7 de septiembre de 2013

YO CORRI LA SAN FERNANDO por MARCIANO DURAN


Tempranito nomás me preparé la ropa. Championes con aire, de ésos que te hacen rebotar, shorcito con tajo al costado, musculosa de marca y el número puesto con nodrizas en el pecho: 1717. Vincha finita, muñequera verde limón, reloj con cronómetro y lentes de sol aerodinámicos atados con cadenita. Me fui hasta el espejo más grande de casa. Casi no me conocí, porque llegué caminando ya vestido. A veces me visto de a poco, parado frente al espejo, pero esta vez aparecí de golpe y me impresioné. Pensé que era otra persona. Así, tan deportivo.
A los saltitos llegué hasta la plaza de Punta del Este. Sentí que miles de ojos me seguían desde las veredas, desde los balcones y desde las vidrieras. Como no tenía mucha experiencia en esto de correr, decidí hacer lo mismo que hacían los demás. “Vamos a calentar”, le dijo un chico a su chica y yo los seguí. Bastante los seguí, dos cuadras los seguí, a las dos cuadras sentí que me empezaba a faltar el aire y me dolía el costado, acá, como una puntada a esta altura.
Una musculosa (una mujer musculosa) agarrada de una columna levantaba su pierna derecha hacia atrás y desde el tobillo hacía fuerza para arriba. Yo hice lo mismo y la musculosa (la mujer musculosa) me indicó que lo hacía bastante bien, pero que tenía que usar mi propia pierna. Me saqué la musculosa del pantalón (la camiseta musculosa) y me fui. Al girar la cabeza alcancé a ver a un tipo que trataba de voltear una pared con sus dos brazos, le pregunté si precisaba ayuda. Se rió y no me contestó. Esto está lleno de locos. Me fui acercando a la largada. Me miré en una vidriera de reojo y realmente me estremecí. Poco músculo y mucha panza, pero una pinta de corredor que ni te cuento. Por mirarme en el vidrio me comí una columna, pero disimulé haciendo como que estiraba. Algunos no se dieron cuenta. Se me hinchó la frente enseguida. Me puse adelante de todos, con los negros. En diez segundos entre tres grandotes me sacaron y me dejaron justo frente a un mostrador donde daban agua. Mi tío, que una vez corrió la San Fernando, me había dicho que lo más importante es la hidratación. “¿La qué?”, le pregunté. “La hidratación”, me contestó. “Tenés que tomar bastante agua”. Yo me llevé un bolso tipo chismosa de mi madre y lo llené con botellitas y vasos que me dieron en el mostrador. El bolso pesaba y noté que empezaban a mirarme como con envidia. En realidad lo que más me pesaba era una caramañola de tres litros que me dio mi tío. Tenía jugo de ciruelas hervidas, con guaco, cedrón y una cucharada de sal. “Es como el Gatorade, pero casero”, me dijo el tío, “vas a ver cómo corrés”.
Cuando avisaron que largaban traté de correr, pero apenas si me podía mover. Yo había llevado un plastiducto que me dio el tío como parte del plan: debía pegarle a los negros apenas quedaran a mi alcance. Cuando dieron la orden de partida, los keniatas picaron y dejaron una especie de estela azul atrás de ellos. Fracasó la primera parte del plan.
Eché manos al Plan B (menos ambicioso): ganarle a Alexander De los Santos. Caminé casi tres cuadras y los championes enseguidita nomás me empezaron a fallutear, sentí que uno de ellos se comía una media. Cuando giré por la calle veinte la emoción me hizo lagrimear. La emoción y el champión que terminó de chuparse la media y ahora me llagaba el pié. El bolso estaba pesado, pero por lo menos me aseguraba agua para los últimos kilómetros, cuando los demás se murieran de sed. Oí que me saludaban desde las veredas, pero en el Lido ya no podía ver a más de dos metros de mis ojos. En la Parada Uno llevaba veintisiete minutos de carrera y escuché que los keniatas ya habían llegado. ¡Qué lástima! Yo me tenía fe. Quién sabe cómo habrán hecho con el agua. Ahí fue que me gritaron algo del bolso, así que decidí empezar a tomar un poco para bajar el peso. Una gorda, pero gorda gorda, que no despegaba casi los pies del suelo, aprovechó para pasarme. Me pidió agua. Le dije que me quedaba poca.
Frente al Conrad paré porque estaban casi todos los semáforos en rojo. La media del pie izquierdo también desapareció de mi tobillo y el calzoncillo me paspaba la entrepierna sin pausa y sin prisa. Necesitaba orinar. El dolor del costado y la  hinchazón de vejiga hicieron causa común. Miré hacia delante y noté que era el último de los que corrían. Miré para atrás y vi que era el primero de los que caminaban. Decidí empezar a caminar. ¡Quedé primero de los que caminaban! Así de fácil. Cuando me cansaba de ser el mejor de los caminantes trotaba un poco y quedaba último de los que corrían. Cuando la autoestima se me desinflaba empezaba a caminar, y otra vez era el mejor de los que ya no podían correr.
Paré en la farmacia de la Parada diez a comprar alguna crema para la paspadura pero saqué el número dieciséis e iban en el tres. Como no tenía tiempo para esperar a que encontraran lo que pedí, me puse un Siempre-Libre con anti-inflamatorio en el golpe de la frente, y en la entrepierna me pusieron unos algodones pegados con cinta adhesiva. Por suerte me quedaban más de ocho litros de agua y la caramañola del tío. ¡Bah! “Por suerte” es un decir. En la parada doce había otro puesto de hidratación, y me sobró toda el agua que llevaba en el bolso. La tiré y repuse con agua nueva

Pasé al Plan C: ganarle a Américo Rodríguez (algo es algo). Escuché que había llegado la primera dama. ¡No puedo creeer! ¡¿Hasta María Auxiliadora me ganó?! Paré en los semáforos de la Parada dieciséis y alcancé a ver a mi tío que me decía algo de la caramañola. La pomada en la entrepierna no daba resultado, sentía un calor rojizo que llegaba desde allí. Tenía que encontrar un lugar donde orinar, pero estaba lleno de gente que me saludaba. En la parada dieciocho me encontré con los keniatas que volvían caminando, vestidos, bañados, peinados, los habían premiado, habían terminado la conferencia de prensa, fueron hasta el hotel, cenaron, chatearon con sus familiares en Nairobi, escucharon por la tele un discurso de Fidel y por radio uno de Chávez, y uno de Lezcano en persona. En la Parada veintitrés no aguanté más y resolví evacuar parte del agua que había consumido. Me apoyé como disimulando contra un murito y entre los algodones y el costadito del short deportivo me las ingenié para descargar, con tanta mala suerte que lo hice sobre el zapato derecho del oficial de guardia de la seccional de Las Delicias. Una señora y sus hijitos le pidieron al policía que me dejara seguir. ¡Para qué diablos se habrán metido! Por culpa de ellos tuve que subir el repecho de la Parada veinticuatro y las medias ahora se amontonaban en las puntas de los pies, lo que me obligaba a correr con los dedos arrollados. Me pregunté una vez más para qué me había cargado otra vez con agua en el bolso, si ahí nomás, frente a lo de Tejera había otro puesto de agua. Me di cuenta de que no iba primero porque la mayoría ya estaba volviendo para sus casas.
Bajé al Plan D: ganarle a Gorzy. Me vino un ligero mareo. Era lo único ligero que me podía venir. Me le prendí a la caramañola del tío para agarrar fuerza en el repecho de Roosevelt. Recordé sus palabras: “Vas a ver cómo corrés”. Los retorcijones se escucharon desde el Campus. El baño del Mautone estaba limpito. Estaba.
Pasé al Plan E: ganarle al Colorado de Igual a Igual. Al pasar frente a la comisaría tuve que empezar a correr con las piernas abiertas porque casi me salía humo de la entrepierna. Al doblar por Rincón agarré el bolso con las dos manos y lo empecé a llevar como quien lleva un bebé. Por la calle Florida los championes me los tuve que poner como chancletas, lo que me obligaba a correr con las piernas abiertas y arrastrando los pies. Frente a la plaza (justo donde había más gente) el Siempre-Libre de la frente se me empezó a desarmar, el algodón con la pomada marrón colgaba desde mis zonas íntimas, los lentes se me atravesaron en la cara y no tenía manos para arreglarlos. Se ve que andaba algún payaso o algo así, porque escuchaba risas pero no podía ver nada. Pensé que podía ser el primer uruguayo o el primer blanco en llegar, pero claro yo muy blanco que se diga no soy. Doblé en Antel y comencé a escuchar los aplausos de la gente. No gané, es cierto, pero aprendí muchas cosas para la próxima.

Apenas me den el alta empiezo a entrenar como la gente, y que se cuiden los keniatas, los Zamora, Rogelio Fernández y Carlitos Etcheverry. Aunque me parece que estas carreras están arregladas, si no me tendría que haber ido mejor.



Extraido de “Marcianitis Crónica” Marciano Duran

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